Dos series (relativamente) nuevas: corazones rotos y estafadores


Hoy paso a recomendar dos series que acabo de ver: High Fidelity, estrenada en febrero de este año, y On Becoming a God in Central Florida, del agosto pasado. 


High Fidelity, producida por el servicio de streaming Hulu, es una nueva adaptación de la novela homónima del inglés Nick Hornby. En el libro, Rob es un fanático de la música dueño de una tienda de vinilos que, después de una separación dolorosa, decide analizar su pasado romántico en busca de respuestas, mediante su hábito casi obsesivo de hacer listas. La primera adaptación fue hecha para el cine en el 2000, protagonizada por John Cusack con bastante éxito. 

Esta nueva adaptación, que cuenta con la producción y supervisión del propio Hornby, se toma ciertas libertades, aunque manteniendo el espíritu de la historia. El primer cambio es que, en este caso, Rob ya no es un hombre, sino una mujer interpretada por Zoë Kravitz. Sí, ya lo sé, en este momento varios deben estar revoleando los ojos y pensando, "¿era necesario"; pero la pura verdad es que fue una decisión acertada, porque Kravitz está genial y, en mi opinión, realmente vende el personaje, la serie y eleva su nivel. Se la ve fresca, genuina, como si toda su vida hubiera habitado la piel de Rob.

Si bien pienso que todo el mundo puede disfrutar esta serie, sí es cierto que está especialmente dirigida a los amantes de la música, a los que se la pasan haciendo listas de sus álbumes favoritos y playlists temáticas, a quienes a veces prefieren expresarse con canciones en lugar de palabras. El soundtrack está lleno de clásicos setentosos como Bowie y Marvin Gaye, de punk, rock alternativo, de todo un poco. La música es el elemento central de High Fidelity, en constante simbiosis con las emociones de la protagonista, que se pregunta: ¿Qué vino primero, la música o la miseria?, mientras sostiene los pedacitos de su corazón.


Más allá de la música, la serie trata la temática de los vínculos y del amor, atravesados por miles de complejidades y explorados desde un lugar honesto que no siempre es color de rosa. Por ejemplo, se muestran amistades, como la de Rob y Cherise, que no son perfectas ni unidimensionales, sino más bien reales, retratadas de un modo que se aleja totalmente de la idealización o la romantización. Lo mismo sucede con las parejas y los vínculos sexo-afectivos, que son abordados desde una perspectiva interesante y muy rica, con un personaje protagónico que se equivoca, más de una vez, porque en realidad, como la mayoría de nosotros, no tiene idea de lo que está haciendo. 

Justamente, creo que una de las fortalezas de High Fidelity es generar que el espectador se pueda sentir identificado con los personajes o con ciertas situaciones, reconociendo en los errores de Rob o de Simon nuestros propios errores, o viéndonos reflejados en algunas de las cosas que pasan y así, tal vez, sintiéndonos menos solos. Y, por último pero no menos importante, la serie es entretenida, porque nos brinda el placer de una comedia romántica, que muchas veces suele ser visto como un placer culposo, pero en este caso sin caer en tantos lugares comunes y clichés. Cuando terminó el último capítulo y la pantalla se tiñó de negro, me di cuenta de que estaba sonriendo, y todavía siento ganas de sonreír cuando me acuerdo de algún momento o capítulo determinados. Así definiría a High Fidelity: es memorable, realista pero entrañable y te deja con una sonrisa. 



Cambiando totalmente de tono, quisiera escribir un poco sobre On Becoming a God in Central Florida. Es definitivamente diferente a la mayoría de las series que estuvieron dando vueltas en este último tiempo, con una mezcla muy bien lograda de humor negro, drama, suspenso y hasta un poco de surrealismo. La protagonista es Krystal Stubbs, interpretada a la perfección por Kirsten Dunst, una mujer que queda atrapada dentro del universo perturbador de FAM, una empresa que funciona a través del esquema piramidal y, esencialmente, engaña, estafa y arruina la vida de quienes caen en su tentadora trampa. Krystal deberá utilizar su ingenio para asegurarse de que tanto ella como su hija puedan sobrevivir y salir adelante. 

Tenía muchas ganas de ver On Becoming a God..., ya que me declaro fan de Kirsten Dunst y siempre me interesan sus proyectos, además de que me atrae todo lo que tiene que ver con sectas y negocios turbios. Y siendo sincera, tampoco me pude resistir a la estética colorida y kitsch de Florida a principios de los noventas. Habiéndola terminado hace dos días, debo decir que me encantó y me mantuvo atrapada hasta el final, es una de las series más originales que vi en los últimos meses, junto con BoJack Horseman. El equipo de producción logró crear un estilo realmente único y construir un mundo creíble pero a la vez salido de una pesadilla. Puedo pasarme horas enumerando todo lo que me fascinó: el guión es impecable, una locura total, los personajes también, las actuaciones son geniales, y cientos de etcéteras que derraman elogios. 

Si bien la serie está ambientada en 1992, la temática que trata sigue vigente hoy en día: los negocios que siguen el esquema piramidal o también conocido como esquema de Ponzi. Básicamente son estafas disfrazadas de éxito detrás del eslogan de "se tu propio jefe", que exigen que uno invierta su propio dinero en los productos de la empresa y atraiga nuevos inversores que, a su vez, también depositarán su dinero. ¿Cuál es el problema? Que para ir ascendiendo dentro del esquema piramidal y ganar dinero, otra persona tiene que perderlo. Hay gente que termina en quiebra, perdiéndolo todo, hasta su casa, por culpa de este tipo de fraudes, que se aprovechan de las personas en momentos vulnerables; por ejemplo, en On Becoming a God..., el marido de Krystal es abordado por un vendedor de FAM a la salida de una reunión de Alcohólicos Anónimos. A pesar de que estas estafas existen hace décadas, es prácticamente nula la cantidad de películas o series que abordan el tema. 


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